Es preciso hacer de la lujuria lo que un ser inteligente y refinado hace de sí mismo y de su propia vida.
Es preciso hacer de la lujuria una obra de arte.
Fingir inconsciencia o desfallecimiento para explicar un gesto de amor es hipocresía, debilidad o estupidez.
Es preciso desear conscientemente una carne, como se desea cualquier otra cosa. En lugar de darse y tomarse (por flechazo, delirio o inconsciencia) como seres multiplicados por las inevitables desilusiones del imprevisible mañana, es necesario escoger sobriamente.
Es necesario, guiados por la intuición y la voluntad, valorar las sensibilidades y las sensualidades, emparejando y culminando sólo aquellas que pueden completarse y exaltarse. Con la misma consciencia y la misma voluntad directora, es necesario llevar el gozo de este emparejamiento a su paroxismo, desarrollar todas sus posibilidades y hacer florecer plenamente el germen de las carnes unidas.
Es necesario transformar la lujuria en una obra de arte, hecha, como toda obra de arte, de instinto y de consciencia. La lujuria es para el cuerpo lo que el ideal es para el espíritu: la magnífica quimera, eternamente abrazada y nunca capturada, la que los seres jóvenes y ávidos, de ella embriagados, persiguen sin tregua. La lujuria es una fuerza.
encuentro una casa verde atravesada por una diagonal que traza la palmera sembrada en su centro.
encuentro una similitud de pesones.
encuentro astucia conduciendo drogada en la ruta.
encuentro nuevos grises de color en los espacios vacíos. encuentro equilibrios desde mis pies al ombligo. reencuentro mis fósforos decapitados!!! encuentro mi capa invisible en mi traje de heroina. encuentro otros atlas. encuentro sustantivos para nuevos rostros siempre ausentes, el continuo desapego de lo que se ama. Por eso son importantes mis encuentros infinitos... (...)